Orígenes del catolicismo social

La preocupación de los cristianos por la cuestión social no es una novedad. El ejercicio organizado de la caridad ya está presente en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. De alguna manera, las órdenes religiosas, la obra cultural de la Iglesia, las cofradías, gremios y corporaciones medievales son herederas de ese espíritu social.

Sin embargo, es en la Edad Contemporánea cuando nace lo que hoy conocemos como catolicismo social, es decir las diversas formas de presencia asociada de los católicos en la sociedad y en la política entendida no sólo como pugna partidista sino como construcción del Bien Común. No se trataba de ya de atender necesidades de las personas concretas (obras de caridad y beneficencia) sino de intervenir en la sociedad (especialmente en el mundo del trabajo) y en la política en sentido amplio.

El catolicismo social surge en un contexto histórico marcado por la industrialización y la creación, más o menos paralela, de estados liberales. Su nacimiento tiene lugar en Europa y en Hispanoamérica y pretende contrarrestar con obras, más que con doctrinas, los efectos negativos del liberalismo económico y de la secularización social y política.

No es correcto, en mi opinión, afirmar que el catolicismo social surge de la encíclica «madre» de la Doctrina Social de la Iglesia, la Rerum Novarum, de León XIII. De hecho, en España (Manresa concretamente), se crea un Círculo Católico de Obreros en 1864, casi 20 años antes de la publicación de la citada encíclica.

Y es que como suele ocurrir en la historia de la Iglesia, las obras realizadas por personas concretas suelen preceder al magisterio eclesiástico y no al revés. Lo que si es innegable es que la Rerum Novarum (1891) fue un espaldarazo al catolicismo social, por ejemplo cuando se refería a «católicos de copiosas fortunas que, uniéndose voluntariamente a los asalariados, se esfuerzan en fundar y propagar estas asociaciones con su generosa aportación económica, y con ayuda de las cuales pueden los obreros fácilmente procurarse no sólo los bienes presentes, sino también asegurarse con su trabajo un honesto descanso futuro. Cuánto haya contribuido tan múltiple y entusiasta diligencia al bien común, es demasiado conocido para que sea necesario repetirlo. De aquí que Nos podamos alentar sanas esperanzas para el futuro, siempre que estas asociaciones se incrementen de continuo y se organicen con prudente moderación. Proteja el Estado estas asociaciones de ciudadanos, unidos con pleno derecho; pero no se inmiscuya en su constitución interna ni en su régimen de vida; el movimiento vital es producido por un principio interno, y fácilmente se destruye con la injerencia del exterior». 

El Zentrum alemán

Un caso interesante de catolicismo político es del Zentrum alemán. En el recién unificado Imperio alemán (1870) el predominio lo ejercía Prusia y el poder lo ostentaba Bismarck. Todo ello representaba la imposición del protestantismo y de una idea de Estado fuerte que despertó el recelo de los católicos de los diferentes estados alemanes. En este ambiente se declaró el dogma de la infalibilidad del Papa, un hecho que dividió a los católicos e hizo desconfiar a Bismarck. El canciller interpretó que buena parte de los católicos alemanes serían leales a lo que dijera Roma y no se someterían con facilidad al poder imperial. Así se desarrolló en la joven Alemania una legislación destinada a controlar la influencia política de la Iglesia católica. Como suele ocurrir, estas medidas provocaron una reacción de los católicos y una gran tensión entre Alemania y la Santa Sede que llevarían a la ruptura de relaciones en 1873.

En este contexto alcanzó protagonismo el Zentrum, un partido político católico pionero que había sido fundado antes de la unificación y tenía fuerza en las áreas más católicas del país, como Baviera o Renania.

Las medidas anticlericales de Bismarck prosiguieron pero, con el ascenso del liberalismo y el socialismo, el canciller alemán dejó de considerar a los católicos unos enemigos. Al final de la década de 1870, el Zentrum obtuvo muy buenos resultados electorales.

Ha sido objeto de polémica el papel desempeñado por el Zentrum en el ascenso del nazismo. En las elecciones de 1933 obtuvieron un 14 % de los votos; sin embargo, la firma del Concordato entre la Santa Sede y la Alemania de Hitler conllevaría la disolución del partido católico alemán. Previamente, sus diputados habían votado la Ley de Plenos Poderes que permitió al líder nacionalsocialista hacerse con la totalidad del poder. Los diputados católicos cayeron en la trampa nazi y consideraron que un poder fuerte proporcionaría paz y estabilidad a una Alemania arruinada económica y socialmente. Cuando se dieron cuenta de las verdaderas pretensiones de Hitler ya era demasiado tarde.

El catolicismo social belga

Bélgica surge como Estado en el contexto de las revoluciones liberales de 1829-1830. Se trataba de un nuevo país de mayoría católica, desgajado de la Holanda protestante. Su Constitución consagraba las libertades de culto y enseñanza, por lo que la Iglesia católica no era sometida por el Estado pero tampoco tenía privilegios respecto al resto de las confesiones. Al margen de las disputas doctrinales (y de orden práctico) entre católicos y liberales, las instituciones eclesiales alcanzaron un enorme esplendor e incluso se crearon escuelas, obras benéficas e iniciativas estrictamente evangelizadoras.

En 1847 se rompió la concordia entre católicos y liberales. Éstos últimos, organizados en el Congreso liberal de 1846, consiguieron la mayoría parlamentaria durante los periodos 1847-70 y 1878-84. Propugnaron una política de control estatal de las instituciones de beneficencia y enseñanza y medidas secularizadoras que no hicieron otra cosa que alejar a los católicos de los liberales. En este contexto hay que situar la doctrina pontificia de la época, que era muy crítica (e incluso condenatoria) con el liberalismo.

Como sucedió en otros lugares de Europa, los católicos belgas también se dividieron en integristas (partidarios de un Estado confesional, nada proclives a participar en la vida política democrática) y liberales católicos (abiertos a la colaboración leal con el Estado liberal).

La hostilidad de los gobiernos liberales contra la enseñanza católica (entre 1878 y 1884) provocó que los católicos crearan escuelas católicas de titularidad privada mientras se presentan unidos a las elecciones, en las que obtienen sucesivos éxitos.

En el ámbito social-laboral, hay que recordar que Bélgica es uno de los primeros países del continente europeo que se incorporó a la industrialización con notable éxito. Este proceso, que se había producido en el siglo XIX, dio lugar a una gran masa obrera. Sin embargo, hasta 1900 no se fundaron sindicatos católicos. Se trataba de recuperar a los obreros, afiliados en masa a organizaciones obreras socialistas y alejados, por tanto, de la Iglesia. En julio de 1900 se celebró una Conferencia Internacional de organizaciones obreras católicas de Bélgica, Alemania y Holanda en Aix-Chapelle (Bélgica). Este encuentro dio lugar a la creación de un Secretariado internacional en la Conferencia celebrada en Zurich en 1908. Más tarde se transformaría en Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos.

Los católicos belgas alumbraron entre 1915 y 1920 una iniciativa pionera para la Iglesia y en la Europa de su tiempo: la Juventud Obrera Cristiana (JOC), un movimiento juvenil de trabajadores, educativo y evangelizador, que con su método de «revisión de vida» formaba a los obreros en una militancia cristiana comprometida. La experiencia de la JOC pronto se extendió por Europa e Hispanoamérica.

Anuncios