Acción Católica

 

La Acción Católica, así, en genérico, nace a mediados del siglo XIX como un intento de organizar a los laicos diocesanos en su acción apostólica, pero desde un punto de vista un tanto defensivo. Se trataba más de, como se apuntaba en sus principios programáticos en España, “mantener la unidad católica y defender la libertad de la Iglesia” y “formar una Junta Superior, radicada en Madrid, con ramificaciones en Juntas Provinciales, de Distrito y Parroquiales” que tuviera como finalidad “contrarrestar la acción funesta de la impiedad”.

Se trata de los primeros pasos de algo absolutamente claro hoy en día, como es la lícita acción de los laicos en la transformación de las realidades temporales en orden al bien común. Pero la Acción Católica no siempre fue una denominación clara ya que durante los pontificados de Pío IX, Pío X e incluso Pío XI el significado del término oscilaba entre el apostolado de los seglares en general y la designación de una asociación concreta con características peculiares.

Es con Pío XI cuando se formula un nuevo concepto de la Acción Católica. Hasta entonces todavía se describe el campo de actuación de la Acción Católica en términos muy amplios, pero la llegada del fascismo a Italia disuelve las organizaciones especializadas de la Acción Católica Italiana hasta que su acción se ve reducida al campo estrictamente religioso muy vinculado a la jerarquía eclesiástica, porque se entendía que de esta manera se protegía mejor estos grupos del fascismo mussoliniano. Fue tan solo un movimiento táctico que inspiró las Bases españolas para la Acción Católica, de 1932.

Se puede decir de forma sencilla que la Acción Católica Española nace del cardenal Reig y Casanova de quien fuera el presidente de su Junta Central en los difíciles años de la República, Ángel Herrera Oria, junto a la acción del cardenal Vidal y Barraquer, que gestionó la aprobación de las Bases de 1931.

La Juventud de Acción Católica Española, que en 1931 contaba con 200 centros parroquiales y 10.000 socios, adopta el lema de “piedad-estudio-acción” y el método de los círculos de estudio. Las Bases de 1931 estructuran cuatro ramas: hombres, mujeres, juventud masculina y juventud femenina que, a partir de 1959, constituirán la llamada Acción Católica General. Su Junta Central, integrada por seglares, propulsa una rápida expansión, basada en la formación de dirigentes mediante instituciones como la Casa del Consiliario, el Instituto Social Obrero, la Universidad Católica de Verano y la Escuela de Propagandistas Diocesanos.

Durante el siglo XX y hasta a democracia, su acción se distingue en tres etapas, marcada por el parteaguas de la Guerra Civil. Con anterioridad a la contienda fratricida, la Acción Católica se configura como una unión de seglares para la defensa de los derechos de la Iglesia.

En los primeros años de la posguerra, centra su interés en estar presenten todas partes, descuidando la formación espiritual de sus miembros. Sus estatutos se adaptan en 1939, fortaleciendo la dependencia jerárquica y la configuración de la Acción Católica como de un ejército cuya misión apostólica se centra en exclusiva en actividades puramente asistenciales y religiosas.

Ya en pleno desarrollismo del franquismo, desde 1950, se empieza a marcar un estilo mucho más propositivo y evangelizador, que pretende influir en la sociedad, esto es, en las personas y en las estructuras.

Un poco antes, en 1948, tiene lugar la Peregrinacoón a Santiago de Compostela, que marcaría el paso hacia esta nueva Acción Católica, de la que surgieron grupos como los Cursillos de Cristiandad, que crecieron hasta actuar de manera autónoma. Del mismo modo, aquella peregrinación sirvió para poner las bases de la especialización obrera y universitaria.

En 1946 había nacido, en España, la Hermandad Obrera de Acción Católica (H.O.A.C.) y en 1947 la Juventud Obrera Cristiana (J.O.C.). Poco después se organiza la Juventud Universitaria de Acción Católica (J.U.M.A.C.).

Las ramas adultas no experimentan un desarrollo de la especialización tan homogéneo como el de las ramas juveniles.

En 1959, se vuelven a reformar los estatutos, en los que se produce un verdadero cambio en cuanto a la organización, en la que se asume que los laicos son Iglesia, construyen la Iglesia y son la línea más avanzada de la Iglesia; se canalizan las fuerzas y se intenta evitar que los Movimientos se desorbiten y puedan desarrollarse al margen de su Rama; se eliminan las asociaciones adheridas, propiciadas en las anteriores Bases, con lo cual se consuma un cierto “cisma en el apostolado seglar”, al quedar la Acción Católica como una asociación excesivamente singular. Se mantienen, sin embargo, las Asociaciones Filiales. Es oportuno recordar que de la Acción Católica habían nacido instituciones eclesiales tan importantes como Cáritas Española, Manos Unidas y los Centros de Cultura Popular, por citar las más significativas, que poco a poco adquirirían autonomía propia.

La aparición y desarrollo de los Movimientos Especializados dentro del seno de la Acción Católica, a lo largo de todo este período, es consecuencia de su dinamismo apostólico. Fue precisamente su preocupación por la evangelización la que le llevó a perfilar unas opciones fundamentales que impregnan toda la ideología y metodología de los Movimientos Especializados y que provocaron un claro despegue de éstos respecto a la Acción Católica de la postguerra, la de los Centros Generales y los Círculos de Estudio.

Por ejemplo, la J.O.C. formó militantes y dirigentes en el mundo de los trabajadores y arrebató al comunismo el monopolio de la orientación de la juventud obrera y, en sus acciones de masas, Ilegó a albergar a 150.000 jóvenes.

Entre 1966 y 1972, se vive la llamada “Crisis de Acción católica” que fue triple: la de la identidad cristiana en los militantes; la de las relaciones entre la jerarquía y los Movimientos que llevaba consigo una cierta crisis de identidad eclesial; y la del modelo histórico de Acción Católica.

Esta crisis fue superada debido, entre otros factores, a que la propia Acción Católica fue capaz de reconstruir su identidad cristiana y eclesial. En 1972, la Conferencia Episcopal Española, realizó unas “Orientaciones pastorales”, que recogen tanto la doctrina del Vaticano II como la realidad y experiencia del Apostolado Seglar en la Iglesia española. Aunque dirigidas a toda la acción apostólica de los laicos, se dedica un apartado completo y varias referencias en otros a la Acción Católica, de la que los obispos esperan que “venga a ser fermento de vida comunitaria”, “prepare a sus militantes para el diálogo, tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad civil”, “despierte la conciencia social de los cristianos”, “haga presente a la Iglesia en los diversos ambientes” y “cree dinamismo misionero dentro de las mismas comunidades cristianas”.

Pero la “resurrección” de la Acción Católica no fue ni mucho menos un camino de rosas. Las graves diferencias entre los diferentes movimientos que la configuraban necesitaron de grandes dosis de paciencia y habilidad para que los diferentes organismos de coordinación volvieran a funcionar, incluso con la propia jerarquía eclesiástica.

A principios de los 80, comenzó un itinerario de reactualización del ser y la actividad de la Acción Católica, tanto general como especializada, que desemboca en la aprobación en noviembre de 1993 de unos nuevos estatutos por la Conferencia Episcopal Española. El mismo Juan Pablo II, expresó en Toledo la dificultad de este proceso: “Sé que se han ido superando entre vosotros situaciones críticas de identidad asociativa. Ha llegado la hora de superar definitivamente esas situaciones con un análisis lúcido que permita conocer las causas y, sobre todo, rechazar los errores que se hayan podido infiltrar entre nosotros. Pienso, sin embargo, que son mucho más fuertes las fidelidades y renovados entusiasmos cristianos de vuestras asociaciones, que el Papa quiere alentar hoy con su presencia, con su afecto y con su oración”.

En abril de 2009, la Conferencia Episcopal aprobó los Estatutos de la Acción Católica General constituida como Movimiento dentro de la Acción Católica Española que la llevara a ser “una Acción Católica General configurada como único Movimiento con tres sectores: niños, jóvenes y adultos, donde todos sean militantes de la Acción Católica General y responsables de la vida y actividad de la misma”. La Asamblea de Constitución se celebró en Cheste (Valencia) en el verano de 2009.

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About catolicismoypolitica

Mi nombre es Carlos Martínez. Nací en la provincia de Badajoz, en 1940. Me licencié en Filosofía y Letras en Madrid, pero durante mucho tiempo tuve que dedicarme a cuidar del negocio familiar. De modo que, aunque no ejercí ninguna profesión relacionada, los estudios siempre fueron mi pasión y continué mi formación a distancia con las licenciaturas en Derecho y posteriormente en Ciencias Políticas. En cuanto pude, marché a estudiar a Estados Unidos, a Suffolk donde obtuve el doctorado en Historia cum laude con una tesis sobre el Maine. Durante ese mismo período fui ‘spanish lecturer’ y posteriormente ejercí allí la docencia. Después de mi jubilación desarrollo mi vida en España y continúo acudiendo algunas temporadas a Estados Unidos como profesor invitado. Eso sí, sigo encontrando nuevos asuntos sobre los que interesarme y seguir estudiando. En este sentido, Internet me parece un interesante medio para difundir parte de los conocimientos adquiridos. Con este blog sólo pretendo compartir algunas reflexiones primerizas sobre diversos movimientos del laicado católico.

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