El caso de España. Sindicatos católicos. Tradicionalismo e integrismo

La conciencia social de los católicos respecto a las consecuencias de la industrialización en la vida de los obreros dio lugar a una gran cantidad de asociaciones, iniciativas, publicaciones y acontecimientos. En sentido estricto, ese fe el primer «catolicismo social», generalmente auspiciado por eclesiásticos especialmente sensibles a los efectos injustos de la nueva vida y condiciones de trabajo de los trabajadores. Hay que recordar que la nueva sociedad industrial coincide más o menos con el establecimiento y la consolidación de los Estados liberales. Con ellos desaparecen las corporaciones, gremios y estamentos que habían amparado a los artesanos y obreros desde la Edad Media. Una vez llegado el siglo XIX, los obreros se encuentran desprotegidos, inmersos en un mundo laboral hostil y sin entidades que le acompañen ni velen por sus derechos. El anarquismo y el socialismo, después el marxismo, constituyeron sus únicos agarraderos.

En España, en el II Congreso Católico celebrado en Zaragoza (1890) se abordó específicamente las relaciones entre el capital y el trabajo. Los objetivos esbozados fueron unir a todas las fuerzas católicas frente al anticlericalismo, tanto liberal como socialista o anarquista, así como la propagación de la doctrina social de la Iglesia y las acciones a favor de los obreros. Posteriormente se crearon grupos como la Acción Social Católica (1902), además de multitud de círculos católicos. La tónica general era la dependencia o vínculo con la jerarquía eclesiástica, la presencia de seglares comprometidos y el alejamiento de la política. A ello hay que sumar el rasgo característico de la doctrina social católica: la suma de obreros y patronos en las mismas entidades, apostando por el trabajo en común frente a la dialéctica de la lucha de clases.

Del catolicismo social español surgieron asociaciones agrarias, cooperativas de trabajadores, sindicatos católicos, organizaciones de mujeres, cajas de ahorros… Surgieron Acción Social Popular (1907), en la industrializada Cataluña, Acción Católica y Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP).

La ACNP fue fundada por el jesuita Ángel Ayala y heredada por Ángel Herrera, quien le dio una proyección enorme en la década de los 30. Los propagandistas tuvieron, en sus primeros tiempos, gran presencia en el mundo rural, sobre todo entre los agricultores. Posteriormente, nutrieron las filas de la CEDA (ya en la II República) y algunos ministerios clave del franquismo (Asuntos Exteriores y Educación, básicamente).

En 1906, siguiendo el ejemplo de otros países, aparecieron en España las Semanas Sociales, encuentros de iniciativa eclesial, pero sin gran entusiasmo episcopal. Su periodicidad fue un tanto irregular; su fin era estudiar y difundir la doctrina social católica. Se interrumpieron a mediados de la II República.

Los sindicatos católicos nacieron en España a partir de los círculos obreros católicos surgidos a finales del siglo XIX.

Los orígenes del sindicalismo católico en España hay que buscarlos en 1864, año en que el P. Vicent creó el primer Circulo Católico de Obreros, en Manresa. Cataluña fue la adelantada de la industrialización española.

Tras la publicación de la Rerum Novarum en 1891 se fundó en España la Federación Nacional de Cooperativas Católico-Obreras y posteriormente el Consejo Nacional de Corporaciones Católicas. En 1908 había en España un total de 902 entidades católicas: 254 centros obreros, 253 cajas de crédito, 166 sindicatos agrícolas y 10 sindicatos de obreros industriales, además de otros organismos diversos. En 1909 ya existía la Unión de Sindicatos Obreros Católicos de Zaragoza. Los sindicatos católicos no sólo eran confesionales sino también clericales, de alguna manera dependientes o supervisados por el clero. Esta circunstancia, de alguna manera, les restaba libertad de acción e independencia; sin contar con que demasiado a menudo su confesionalidad les hacía excesivamente vulnerables a los deseos de los patronos. En 1916 se constituye en España la Federación Nacional de Sindicatos Católicos Libres.

En abril de 1919, tiene lugar el congreso constitutivo de la Confederación Nacional de Sindicatos Católicos. En 1935 se fundó la Confederación Española de Sindicatos Obreros,

Lo que resultó imposible en el siglo XIX (al menos hasta la II República) fue unificar a los católicos españoles en una asociación o partido común. Tampoco la jerarquía eclesiástica estaba por la labor. En un lado se encontraban los tradicionalistas o ultramontanos que pretendían someter el orden civil y político a la autoridad de Roma y a la jerarquía católica. En España Juan Donoso Cortés representó esta corriente. La Iglesia no apoyó esta corriente, pues si bien al menos hasta el Concilio Vaticano II, compartió numerosos postulados del tradicionalismo, de ninguna manera compartía el criterio de que la tradición debía imponerse a la verdad o a la razón.

Por su parte, el tradicionalismo es la doctrina política que se basa en la religión y la monarquía. En España se hace visible en las Cortes de Cádiz, en las que los tradicionalistas fueron llamados despectivamente «serviles» y, más tarde, apostólicos.

El tradicionalismo se encarnó políticamente en el carlismo, según el cual el rey tenía una autoridad absoluta que venía de Dios. Con el tiempo y la consolidación del Estado liberal, los carlistas empezaron a participar en la vida pública. Fue el caso de Aparisi Guijarro y Navarro Villoslada.

Ya en la Restauración (de 1875 en adelante),el carácter confesional de la monarquía de Alfonso XII despistó a integristas y tradicionalistas. Aquellos, representados por Nocedal, combatían al liberalismo a muerte. A principios de la década de los veinte (ya en el siglo XX), los integristas se extinguieron.

Los carlistas, representados intelectualmente por Vázquez de Mella, intentaron aglutinar a los católicos a finales del siglo XIX. Este pensador creía que la voluntad de la nación coincide con las tradiciones del pueblo. Vázquez de Mella fundó el Partido Tradicionalista en 1919.

Cuando ya en la Restauración alfonsina Unión Católica se integró en el Partido Conservador de Maura y Cánovas, el carlismo quedó dañado porque ya no era el representante político de los católicos españoles. En este contexto, el integrismo representado por Ramón Nocedal apostó por no participar en el nuevo régimen por considerarlo liberal. El papa León XIII, por su parte, aconsejaba la participación de los católicos en las instituciones liberales. Los carlistas optaron por participar y los integristas se quedaron completamente al margen.

Anuncios

Orígenes del catolicismo social

La preocupación de los cristianos por la cuestión social no es una novedad. El ejercicio organizado de la caridad ya está presente en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. De alguna manera, las órdenes religiosas, la obra cultural de la Iglesia, las cofradías, gremios y corporaciones medievales son herederas de ese espíritu social.

Sin embargo, es en la Edad Contemporánea cuando nace lo que hoy conocemos como catolicismo social, es decir las diversas formas de presencia asociada de los católicos en la sociedad y en la política entendida no sólo como pugna partidista sino como construcción del Bien Común. No se trataba de ya de atender necesidades de las personas concretas (obras de caridad y beneficencia) sino de intervenir en la sociedad (especialmente en el mundo del trabajo) y en la política en sentido amplio.

El catolicismo social surge en un contexto histórico marcado por la industrialización y la creación, más o menos paralela, de estados liberales. Su nacimiento tiene lugar en Europa y en Hispanoamérica y pretende contrarrestar con obras, más que con doctrinas, los efectos negativos del liberalismo económico y de la secularización social y política.

No es correcto, en mi opinión, afirmar que el catolicismo social surge de la encíclica «madre» de la Doctrina Social de la Iglesia, la Rerum Novarum, de León XIII. De hecho, en España (Manresa concretamente), se crea un Círculo Católico de Obreros en 1864, casi 20 años antes de la publicación de la citada encíclica.

Y es que como suele ocurrir en la historia de la Iglesia, las obras realizadas por personas concretas suelen preceder al magisterio eclesiástico y no al revés. Lo que si es innegable es que la Rerum Novarum (1891) fue un espaldarazo al catolicismo social, por ejemplo cuando se refería a «católicos de copiosas fortunas que, uniéndose voluntariamente a los asalariados, se esfuerzan en fundar y propagar estas asociaciones con su generosa aportación económica, y con ayuda de las cuales pueden los obreros fácilmente procurarse no sólo los bienes presentes, sino también asegurarse con su trabajo un honesto descanso futuro. Cuánto haya contribuido tan múltiple y entusiasta diligencia al bien común, es demasiado conocido para que sea necesario repetirlo. De aquí que Nos podamos alentar sanas esperanzas para el futuro, siempre que estas asociaciones se incrementen de continuo y se organicen con prudente moderación. Proteja el Estado estas asociaciones de ciudadanos, unidos con pleno derecho; pero no se inmiscuya en su constitución interna ni en su régimen de vida; el movimiento vital es producido por un principio interno, y fácilmente se destruye con la injerencia del exterior». 

El Zentrum alemán

Un caso interesante de catolicismo político es del Zentrum alemán. En el recién unificado Imperio alemán (1870) el predominio lo ejercía Prusia y el poder lo ostentaba Bismarck. Todo ello representaba la imposición del protestantismo y de una idea de Estado fuerte que despertó el recelo de los católicos de los diferentes estados alemanes. En este ambiente se declaró el dogma de la infalibilidad del Papa, un hecho que dividió a los católicos e hizo desconfiar a Bismarck. El canciller interpretó que buena parte de los católicos alemanes serían leales a lo que dijera Roma y no se someterían con facilidad al poder imperial. Así se desarrolló en la joven Alemania una legislación destinada a controlar la influencia política de la Iglesia católica. Como suele ocurrir, estas medidas provocaron una reacción de los católicos y una gran tensión entre Alemania y la Santa Sede que llevarían a la ruptura de relaciones en 1873.

En este contexto alcanzó protagonismo el Zentrum, un partido político católico pionero que había sido fundado antes de la unificación y tenía fuerza en las áreas más católicas del país, como Baviera o Renania.

Las medidas anticlericales de Bismarck prosiguieron pero, con el ascenso del liberalismo y el socialismo, el canciller alemán dejó de considerar a los católicos unos enemigos. Al final de la década de 1870, el Zentrum obtuvo muy buenos resultados electorales.

Ha sido objeto de polémica el papel desempeñado por el Zentrum en el ascenso del nazismo. En las elecciones de 1933 obtuvieron un 14 % de los votos; sin embargo, la firma del Concordato entre la Santa Sede y la Alemania de Hitler conllevaría la disolución del partido católico alemán. Previamente, sus diputados habían votado la Ley de Plenos Poderes que permitió al líder nacionalsocialista hacerse con la totalidad del poder. Los diputados católicos cayeron en la trampa nazi y consideraron que un poder fuerte proporcionaría paz y estabilidad a una Alemania arruinada económica y socialmente. Cuando se dieron cuenta de las verdaderas pretensiones de Hitler ya era demasiado tarde.

El catolicismo social belga

Bélgica surge como Estado en el contexto de las revoluciones liberales de 1829-1830. Se trataba de un nuevo país de mayoría católica, desgajado de la Holanda protestante. Su Constitución consagraba las libertades de culto y enseñanza, por lo que la Iglesia católica no era sometida por el Estado pero tampoco tenía privilegios respecto al resto de las confesiones. Al margen de las disputas doctrinales (y de orden práctico) entre católicos y liberales, las instituciones eclesiales alcanzaron un enorme esplendor e incluso se crearon escuelas, obras benéficas e iniciativas estrictamente evangelizadoras.

En 1847 se rompió la concordia entre católicos y liberales. Éstos últimos, organizados en el Congreso liberal de 1846, consiguieron la mayoría parlamentaria durante los periodos 1847-70 y 1878-84. Propugnaron una política de control estatal de las instituciones de beneficencia y enseñanza y medidas secularizadoras que no hicieron otra cosa que alejar a los católicos de los liberales. En este contexto hay que situar la doctrina pontificia de la época, que era muy crítica (e incluso condenatoria) con el liberalismo.

Como sucedió en otros lugares de Europa, los católicos belgas también se dividieron en integristas (partidarios de un Estado confesional, nada proclives a participar en la vida política democrática) y liberales católicos (abiertos a la colaboración leal con el Estado liberal).

La hostilidad de los gobiernos liberales contra la enseñanza católica (entre 1878 y 1884) provocó que los católicos crearan escuelas católicas de titularidad privada mientras se presentan unidos a las elecciones, en las que obtienen sucesivos éxitos.

En el ámbito social-laboral, hay que recordar que Bélgica es uno de los primeros países del continente europeo que se incorporó a la industrialización con notable éxito. Este proceso, que se había producido en el siglo XIX, dio lugar a una gran masa obrera. Sin embargo, hasta 1900 no se fundaron sindicatos católicos. Se trataba de recuperar a los obreros, afiliados en masa a organizaciones obreras socialistas y alejados, por tanto, de la Iglesia. En julio de 1900 se celebró una Conferencia Internacional de organizaciones obreras católicas de Bélgica, Alemania y Holanda en Aix-Chapelle (Bélgica). Este encuentro dio lugar a la creación de un Secretariado internacional en la Conferencia celebrada en Zurich en 1908. Más tarde se transformaría en Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos.

Los católicos belgas alumbraron entre 1915 y 1920 una iniciativa pionera para la Iglesia y en la Europa de su tiempo: la Juventud Obrera Cristiana (JOC), un movimiento juvenil de trabajadores, educativo y evangelizador, que con su método de «revisión de vida» formaba a los obreros en una militancia cristiana comprometida. La experiencia de la JOC pronto se extendió por Europa e Hispanoamérica.